El proceso de selección fue, sin duda, uno de los más frustrantes y desgastantes que he experimentado en mi carrera profesional.
Se extendió durante aproximadamente cuatro meses, con largos períodos sin comunicación ni actualizaciones claras sobre el estado de la candidatura. A lo largo del proceso hubo cambios en las condiciones y expectativas del puesto que no habían sido planteados inicialmente, así como modificaciones en la dinámica de selección que generaron incertidumbre y la sensación de estar avanzando hacia un objetivo que cambiaba constantemente.
Lo más decepcionante no fue el resultado final, sino la forma en que se gestionó el proceso. Después de invertir una cantidad considerable de tiempo, preparación y disponibilidad para múltiples instancias de evaluación, la comunicación fue escasa y las decisiones se transmitieron sin explicaciones significativas ni feedback que permitiera comprender los motivos detrás de ellas.
Como candidato, sentí que mi tiempo y mi esfuerzo fueron tratados como recursos prescindibles. La experiencia se volvió agotadora, desorganizada y, en muchos momentos, impersonal. Más que participar en un proceso de selección profesional, tuve la sensación de ser trasladado de una etapa a otra sin una dirección clara y sin consideración por el impacto que la incertidumbre prolongada tiene sobre las personas que están del otro lado.
Entiendo que no todos los candidatos pueden ser seleccionados. El problema no fue el rechazo. El problema fue la falta de transparencia, la duración excesiva del proceso, los cambios sobre la marcha y la ausencia de una comunicación humana acorde al nivel de compromiso que se esperaba del candidato.